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EL CORPUS CHRISTI Y SU OCTAVA EN PEÑALSORDO



El día 13 de abril de 1.973 la Octava del Corpus fue declarada "Fiesta de Interés Turístico" por el gobierno español. Esta efemérides conmemora la conquista del Castillo de Capilla, por parte de las tropas cristianas, en una de las varias sublevaciones que protagonizaron los moriscos en España durante el siglo XVI.





Cuenta la leyenda, que ante el fracaso permanente de las fuerzas cristianas al mando del general Cachafre y de su lugarteniente Palenque (un arroyo y una sierra llevan sus nombre en las afueras de Peñalsordo) para tomar el castillo, que permanecía en poder de los rebeldes moriscos, el general Cachafre se encomendó, la víspera del Corpus, al Santísimo Sacramento prometiendo fundar una cofradía que llevaría su nombre si les ayudaba en la conquista de la fortaleza. El Señor le escuchó.




Así, para llevar a cabo su proyecto, Cachafre mandó reunir todos los carneros que había en el contorno y cuando se hizo de noche ordenó quitarles los cencerros y colocar bengalas encendidas en las cornamentas de los óvidos, al tiempo que estos eran empujados por una compañía de soldados, desde el valle de la Orden, en dirección al castillo.



Los moradores del recinto, al ver tal número de luminarias creyeron que se trataba de un poderoso ejército que se acercaba, por lo que huyeron aterrorizados, quedando la fortaleza franca para su ocupación. Sigue contando la leyenda que al llegar las fuerzas cristianas al castillo, solo encontraron en él a un abuelo, una abuela, un nieto que llamaban Rafaelillo y dos vaquillas.





El general Cachafre, cumpliendo su promesa, inmediatamente fundó la Compañía a Hermandad del Santísimo Sacramento con la propia soldadesca que había intervenido en la escaramuza. Un sargento, a caballo y con una espada en la mano, recorrió el pueblo llamando a los soldados para que se les unieran. Estos con jopos encendidos, le siguieron dando salvas al Santísimo. Era la víspera de la Octava del Corpus y el principio de la creación de la Hermandad.



En la Vigilia del Corpus, avanzada la tarde, sale el Sargento a caballo y con espada, acompañado del tamborilero (aquí llamado tambor) que ejerce un toque rítmico para avisar a los cofrades, al tiempo que recorren todo el pueblo. Al pasar por delante de la puerta de cada hermano, el Sargento lanza el grito de "Alabado sea el Santísimo Sacramento" que es respondido por el ritual de "Por siempre alabado sea", bien por el Hermano que habita esa vivienda, siempre con un símbolo de la Cofradía, que puede ser el sombrero o la montera, o bien por algún familiar que actúa de igual modo.



Mientras el Sargento y el tamborilero recorren el pueblo, los hermanos se irán recogiendo en cada una de sus casillas. Así que aquellos que aún no han sido sargentos se unirán en la casilla del sargento de turno; los que ya corrieron la sargentía, pero aún no fueron alféreces, marcharán a la casilla del Alférez de ese año; quienes pasaron ya por ambas casillas, pero no por la de Capitán; irán a reunirse en la casilla del Capitán actual; y por último, quienes ya recorrieron las casillas de Sargento, Alférez y Capitán se dirigirán a la casilla del Mayordomo.





Reunidos los Hermanos en sus respectivas casillas, esperan la llegada de los grupos por rigurosa jerarquía. Así, el Sargento, seguido del tamborilero se dirigirá a su casilla para recibir a sus cofrades.




Juntos marcharán a reunirse con la bandera; después lo harán con el pinche chico a jineta y una vez todos agrupados irán a casa del Bullidor, poniéndose a sus órdenes. Seguidamente toda la Cofradía marcha hacia la Iglesia a oír las vísperas (rezos y cantos) en orden de dignidad jerárquica. Terminados los actos religiosos la Hermandad marcha al convite, que puede ofrecerse en casa de alguna persona ajena a la propia Hermandad, pero que ha ofrecido una manda, o bien en la vivienda de algún miembro de la Cofradía, también por manda.






copiado de un texto de Alejandro García Galán

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las Tableras, una tradicion







TABLEROS DE TORRE DE Sª MARÍA
Presentación de madrinas y tableras

El 23 de junio Víspera de San Juan y día más largo del año, el párroco del pueblo comunicaba quiénes serían las madrinas y tableras de San Mateo.

Cuenta la leyenda que San Mateo era patrón de Montánchez, pero Torre de Santa María lo cambió a este pueblo por un verraco y desde entonces la fiesta mayor pasó a ser de Torre de Santa María.




A partir de este momento la madrinas y tableras iban por las eras, donde se trillaba la cosecha pidiendo grano, especialmente trigo u otros cereales, otros daban huevos, aceite, azúcar. En la actualidad se recolecta dinero entre los vecinos del pueblo, para comprar todo el material necesario.


El trigo recolectado se molía para hacer los dulces y el resto del material recolectado se vendía para comprar lo necesario.



Cada madrina y tablera elige su danzaor, y un mes antes aproximadamente de San Mateo, se comienza a ensayar la danza del “chicurrichi”, en la plaza de la Iglesia.





Una semana antes se empiezan a preparar los tableros, con las carpeta tejida, el peinador, banderas de papel “picadas”, estandartes, flores de papel y tela, etc.

Dos días antes se hacen los dulces y la víspera de San Mateo se colocan en el tablero, que ya ha sido adornado con todo lo demás.



El día de San Mateo, 21 de septiembre, por la mañana, se hace la procesión. Hasta hace unos 20 años las madrinas y tableras iban con traje de gala y mantilla, acompañando la procesión



Por la tarde, van todos los danzaores a casa del maestro y desde allí, bailando al son del “chicurrichi”, maestro (el del tambor), flautista y danzaores, van a recoger a cada una de las tableras

Cuando está el cortejo en pleno van a recoger los tableros, se coloca cada tablero sobre la cabeza de su tablera y se encaminan a la plaza.


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Tableras de Torreorgaz



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La batalla de la Albuera

El día 16 de mayo de 1811 se trabó entorno al pueblecito de La Albuera una de las más reñidas batallas a campo abierto de la guerra de la Independencia española, mantenida contra la invasión de los ejércitos napoleónicos”, y los ciudadanos de La Albuera representa cada año su histórica batalla



El mariscal Soult detuvo su caballo y miró contrariado al cielo. Aquella mañana del 16 de mayo de 1811 amanecía lluviosa. Sus tropas habían realizado un gran esfuerzo viniendo a marchas forzadas desde Sevilla. El emperador le había asignado una peliaguda misión en la que debía levantar el cerco aliado sobre Badajoz pero, ahora, sus fuerzas de caballería, que actuaban como exploradoras, le informaban de la presencia de una numerosa fuerza en aquel pueblucho español llamado La Albuera. ¡Maldita sea!, los españoles, ingleses y portugueses dominaban los puentes y si quería llegar a Badajoz él debía atravesar el curso del río.




Todo estaba saliendo mal. Hacia apenas unos meses después de una victoriosa campaña había tomado Badajoz y Olivenza en las que las guarniciones españolas habían caído tras una breve pero intensa resistencia. El 10 de marzo de 1811 había desayunado gustoso con su segundo, el también mariscal Mortier, en Badajoz. Y, justo después de dos meses, el 4 de mayo, aquel inepto de Mortier se había visto cercado en la misma ciudad por las fuerzas hispano británicas mandadas por Bereford.



Él, el mariscal Soult, no podía permitir aquella afrenta que llevaría a la Grand Armee a los desastres de Bailén. Él no fracasaría. Les daría a los españoles y a los ingleses un auténtico repaso. Visto de otra forma tampoco era tan malo la maniobra de su enemigo situándose en aquel pueblo. A lo mejor, si la suerte y sus hombres le correspondían, podría destruir al grueso del ejército aliado y marchar sin mayor problema contra Badajoz y, a lo mejor, acabar de echar al mar a Wellington y sus casacas rojas.





Para ello dispuso a sus tropas con una excelente táctica. Fingiría que una parte de la infantería apoyada por escuadrones de caballería atacaría al pueblo, mientras lanzaría el resto de su ejército por el sur concentrando su fuerza de forma oblicua sobre las tropas aliadas. Algunos prisioneros le habían informado que no había dado tiempo de preparar trincheras, ni medios de defensa, por lo que creía que los aliados no podrían soportar un duro ataque.







Las fuerzas españolas se sitúan en el frente de batalla.



A las 8 de la mañana escuchó las primeras detonaciones en la distancia y, con muchas dificultades, con el catalejo vió que los aliados continuaban estáticos frente a las dehesas de La Albuera. Si continuaban así podría tomarlas por el flanco. Sí, seguro... Su general Godinot fiel al plan inicial seguía presionando por el frente en su ataque de diversión, mientras su artillería cañoneaba el pueblo de La Albuera. Así confundiría más a sus rivales. Su caballería y su infantería, mientras tanto, estaban avanzando por el flanco español que parecía concentrado en Godinot. Parece que podría volver a triunfar si conseguía situar sus fuerzas en el camino de Valverde los aliados quedarían cercados y su artillería podría inclinar la balanza.









¡Merde! y ahora se pone a llover. No hablaban en París del famoso sol español. Si sabrán esos parisinos. Ya no es llover esto es una tromba de agua. Mis fuerzas no podrán progresar igual. ¡Merde! y más ¡Merde!. ¡Un mensajero! - le grita un oficial de su estado mayor-. Bien, -pensó- los aliados deben sentir nuestra presión. Pero el semblante del jinete no presagia nada bueno.

Señor mariscal -el oficial temblaba calado hasta lo huesos- los españoles se han dado cuenta de que veníamos. Han formado en martillo y nos ofrecen un frente compacto. Se han dado cuenta...






Se apretó la barbilla con fuerza. Ahora si que estaba todo complicado. Había recibido informes que le confirmaban que sus enemigos tenían más infantería que él y, perdida la sorpresa, no podía pensar en una batalla de desgaste que él tenía perdida de antemano. ¿Qué hacer?.

¡Que Girard avance contra los españoles y los ataque furiosamente! -grita al mensajero-. Aquel, casi ni le saluda y parte por el campo con un caballo descansado que alguien le ha acercado. La noticia que lleva es muy importante porque Girard parece dubitativo mientras forma a su batallones o, por lo menos eso le parece a Soult, que lo ve progresar con lentitud a través del catalejo.





Por fin la línea francesa parece establecerse y observa a Girard que ordena el ataque masivo a la línea azul española. La verdad es que su subordinado tampoco lo tiene fácil -reconoce para sí, aunque nunca se lo diría-. La táctica arriesgada de Soult ha hecho que aquellas fuerzas maniobren en un espacio muy reducido entre algunas colinas y es una zona muy difícil para que los batallones franceses pudieran realizar los movimientos del pase de línea. El tiroteo y el estampido de los cañones que se oía en el campo de batalla queda enmudecido por el fragor del tiroteo intenso que comienza en el ala donde Girard ha lanzado a sus fuerzas. ¡Bravo Girard los españoles se vendrán abajo!, nadie puede parar el ritmo de marcha y fuego de nuestros imperiales.






Inútilmente intenta limpiar con la manga el catalejo con la ilusión que limpiará lo que la tromba de agua y la pólvora le ocultan de la batalla. Poco después una racha de viento retira, en parte, la humareda y el ruido baja en intensidad. ¿Merde?. La pregunta muere en sus labios. Ha visto increíblemente como un soldado español con las solapas rojas y negras de pólvora y sangre rebusca en la cartuchera de un compañero caído. Pero, ¿cómo puede ser?. La línea española ha aguantado. Muchos de sus soldados se parapetan con los cadáveres que forman un montón en el frente. Y, ¡mira tú!, siguen haciendo el pase de línea con regularidad: cargan, disparan, se desplazan a un lado y marchan hacia atrás, mientras su línea trasera ocupa su lugar y se ponen a cargar. Y... ¿mis tropas?... ¿Y Girard? -pregunta angustiado a los miembros de su estado mayor que lo miran igual de incrédulos-. Nadie se atreve a contestar a su mariscal.



La línea española aguanta el empuje de los imperiales.

Otro jinete se aproxima -¿traerá más malas noticias? piensa Soult-. No es el caso el oficial negro de humo y barro tiene una sonrisa que le llena el rostro -"los aplastamos mariscal, la caballería ha pillado a tres regimientos ingleses en formación de compañía y los hemos mandado a la mayor gloria de ese asqueroso de Bereford" -mastica las palabras con un odio templado que tanto gusta a Soult-. Más sereno, el mensajero continua "hemos tomado prisioneros a unos 800 ingleses y entre ellos está el coronel Colborne. Además, les hemos cogido alguna artillería. Un desastre para ellos creedme mariscal".




No ha lugar a mucha alegría porque por bien que disfrute con la destrucción de los ingleses la batalla no está nada clara para sus fuerzas. El mismo mensajero alegre le cuenta como el coronel del 57 regimiento inglés herido gravemente fue retirado a la fuerza del campo mientras les gritaba a sus hombres "die hard" "die hard" "morir duro" le traduce un solícito capitán. Admiró a aquel hombre que en el desastre todavía arengaba en aquellos términos a sus hombres.








No podía esperar más. Con el catalejo observó como las reservas aliadas intentaban desplazarse a la ala española para taponar el quebranto de la desventurada acción de los ingleses. Ordenó que sus propias fuerzas de reserva se empeñaran en la batalla. Había que echarlo todo al fuego. La batalla llegó a su punto más álgido. Los aliados, con los españoles que aún aguantaban desde el principio de la acción en el centro, lanzaban un fuego graneado a las apretadas formaciones imperiales.

¿Qué hora es? -preguntó- cerca de las dos mariscal-. Si los aliados no han cedido ya no lo harán debo pensar en salvar lo que queda de mi ejército. Mientras meditaba un plan un nuevo mensajero le trajo una terrible noticia Werlé, el jefe de su reserva había caído en la batalla. Todo está perdido. ¡ordenen la retirada! al que se salga de la disciplina me lo fusilan de inmediato. A la artillería que defienda nuestra retaguardia -casi sin saliva logró continuar- avisen a LatourgMabourg y que con sus polacos defienda el frente.




Soult miró por última vez hacia la linea española que había aguantado su ataque de flanco. ¡Ay! de vosotros cuidaros la vista españoles porque esta mañana os ha salvado la vida. Con tranquilidad se estiró el uniforme y se montó en el caballo. Se volvió a sus oficiales de estado mayor y les dijo Decidle a Ruty que proteja a mi ejército. ¡Bien luchado amigos!.